La morera, testigo de un error

Capítulo 44

Morera. Morus nigra

MORERA: Intentaré que así sea, Palmera datilífera de frutos dulcísimos. Pero antes quiero felicitar al Acónito, cuyas flores tienen forma de nectarios y un variable número de pétalos. Y a la Cicuta de triangulares hojas verdeoscuras.

La historia a la que me voy a referir la cuenta el poeta latino Ovidio, que nació en el año 43 antes de Cristo y vivió cincuenta y nueve años. Pero yo, la Morera, creo que tengo derecho a relatar mi versión, porque fui testigo directo del suceso.

Babilonia era la ciudad donde transcurría la vida de los dos jóvenes protagonistas.

Sus nombres: Píramo y Tisbe. No recordaban el día en que se conocieron, porque desde su primera infancia habían vivido en vecindad. De hecho, las casas de sus respectivas familias eran contiguas, únicamente separadas por una delgada pared de mampostería.

Píramo y Tisbe se amaban y estaban deseosos de formar su propio hogar. Pero un ingrato condicionante actuaba en su contra. Sus familias se odiaban desde antiguo y se oponían enconadamente a cualquier relación entre los dos chicos. Habían prohibido de forma tajante a Píramo y Tisbe que se viesen o se hablasen bajo ninguna circunstancia.

 Pero al amor no cabe ponerle prohibiciones. Tisbe había descubierto una delgadísima rendija en el muro que separaba ambas viviendas. Con disimulo para que sus padres no lo notasen y con mucho tesón porque el ladrillo era duro, Píramo y Tisbe fueron haciendo la rendija algo más grande, pero no tanto que a alguno de los miembros de sus respectivas familias pudiese no pasarle desapercibida.

Y por esa rendija los chicos se comunicaban todos los días cuando sus padres y sus hermanos dormían. Al despedirse, debían conformarse con besar la pared.

«Beso esta pared pensando que es tu boca lo que beso” – decía Píramo en un murmullo.

A lo que Tisbe solía responder susurrando:

“Beso esta pared fría imaginando que son tus labios cálidos”

Rosal

ROSAL: Déjame que recite, Morera amiga, un pequeño fragmento del relato de Ovidio: “Una mañana, apenas la aurora había ocultado las estrellas y cuando el sol con sus rayos enjugaba ya el rocío de las hierbas…”  (13)

Morera. Morus nigra

MORERA: …Píramo y Tisbe acudieron al sitio donde, siempre que podían, se veían en secreto, a las afueras de la ciudad. Yo crecía en aquel lugar junto a una fuente de aguas frías y finas.

“Esta situación se me está haciendo insoportable”. –decía Píramo. Y animaba a la tímida Tisbe a que se escapasen juntos.

El aire diurno había sido tan transparente que la noche se prometía diáfana. Píramo y Tisbe concertaron una cita para verse a medianoche:

“En donde siempre. Al pie de la Morera de moras blancas”– susurró Píramo.

– “ Estaré escondida detrás de la fuente. Allí te esperaré” – añadió Tisbe.

Efectivamente es una noche de  luna llena. Una fiera ronda cerca del lugar. Busca saciar su sed en la fuente que tengo a mis pies. Es una leona.

Hace poco que ha matado una cervatilla. De sus fauces aún gotea la sangre de la inocente víctima.

Tisbe es la primera en llegar a la fuente. Ve a la leona y huye despavorida. En la huida, su velo se queda enganchado en una de mis ramas más bajas.

La leona,  curiosa, agarra con sus malignos colmillos el velo y se ceba con él como si jugara. El velo queda completamente desgarrado y manchado de la sangre de la cierva que el felino había devorado. La tierra que me rodea también está manchada de sangre.

 No ha pasado mucho tiempo cuando llega Píramo. El joven ve las huellas inconfundibles de la leona. Al pie del tronco de la Morera hay un velo de mujer ensangrentado. Se agacha a cogerlo. Se lo acerca a la cara para olerlo. No le cabe la menor duda.

“¡Es de Tisbe!” – grita con desgarro, aunque la voz no llega a salir de su garganta.

Yo comienzo a darme cuenta de lo que va a pasar y trato de evitarlo con todas mis fuerzas. Desde mis raíces más superficiales, le grito al joven: “¡No te precipites!¡Piensa antes de actuar!¡Busca a Tisbe!¡Quizá esté viva!”. Pero ya se sabe que los humanos no comprenden el lenguaje de los árboles… Incluso dejé caer sobre el cuerpo del joven, arrodillado en tierra algunas de mis ramas secas más finas… Todo inútil.

Píramo no se para a pensar. Está convencido de que su amada Tisbe ha muerto. Temblando y con el velo apretado en una mano se dirige a mí que ya estoy seguro y paralizado por el horror de lo que va a suceder.

Art digitala por Michael Glacchino

-“Árbol, tú has sido testigo de mi doloroso error por el que mi adorada Tisbe ha perdido la vida. Debería haber llegado yo el primero. De haber sido así, ahora ella quizá estuviese con vida. Tú, Morera, has absorbido la sangre de mi amada. También la mía te regará; recógela, pues yo deseo que se mezcle con la de mi querida Tisbe”.

Y en un acto precipitado de desesperación se clavó su espada.

Volvió Tisbe cuando a Píramo aún le quedaba un hálito de vida. ç

Aún pudo abrazarle, besar sus ojos y sus labios, y recoger su último suspiro.

Tisbe tenía muy claro lo que deseaba, y era seguir a su amor en la muerte. Apoyó la espada en mi tronco y la punta bajo su pecho. Luego se dejó caer sobre el hierro.

Mis frutos se tiñeron de rojo.

 A los pocos días de esta terrible tragedia, pude oír de boca de unas jóvenes que venían a llenar sus cántaros a la fuente (6) que los padres de ambos chicos, arrepentidos de su estúpida tozudez, habían colocado las cenizas de Píramo y Tisbe en una misma urna.

Chopo del canadá. Populus canadiensis

CHOPO DEL CANADÁ*: Nos has dejado sin aliento, Morera. ¡Qué triste!

ARAUCARIA*: ¿Y entonces vos no pudiste hacer nada? Yo me las hubiera arreglado para darle a la leona un buen ñapi nada más verla mostrarse.

ROBLE: ¡Qué farisea la leona esta!  Araucaria, ¿”Ñapi” significa lo que imagino que significa?

CORNEJO: Vuelvo a tomar la palabra para presentaros a una planta bendecida por Atenea y Apolo, dioses patronos y protectores de las bellas artes. (6)

Apolo y Minerva, fuente en la Granja de San Ildefonso

Hablo del Acanto, hierba perenne de tallo erecto que puede alcanzar los setenta centímetros. Su nombre botánico es Acanthus mollis. Te escuchamos.

Próxima lectura:

Capítulo 45

«El Acanto y el escultor»

Elena Huerta Fernández para VISITARB MADRID